Los fines de semana hay ruido de pasos, marchas, flamenquito, repartidores de pizzas y castillos hinchables. De lunes a viernes un rumor de viento seco en las calles vacías, un silencio de hielo encaramado a los balcones y cristales de los locales cerrados. Se alquila, se vende, se alquila, se vende, se alquila, se vende…

Los años de paro doblan las espaldas de los que van y vienen, con las manos en los bolsillos. Infructuosa rutina cuando lo más importante del día es ir al ambulatorio a “repetir”. En los escalones algunos se sientan y venden lo que saben coger del campo: cabrillas, espárragos, tagarninas. En cincuenta metros de calle Corredera ves a cinco cuponeros y dos administraciones de lotería. El azar, la suerte, el destino o Dios, siempre cerquita del pobre, para que crea en algo.

Las dependientas fumando en la puerta de los negocios; los bancos con la gente hasta la acera cada día diez; los menús tirados de precios. Gangas, ofertas, liquidaciones, rebajas… No se vende casi de nada porque el arcense medio está cada vez más empobrecido, sin poder adquisitivo para consumir.

Y así hasta el fin de semana, cuando el Ayuntamiento programa actividades y algunos bares se llenan por iniciativa municipal, y otros (por meritoria iniciativa propia) alivian un poco sus cuentas. Entonces, la alegría, las copas, las tapas; las conversaciones, el encuentro cordial.

Sin embargo, la realidad social de Arcos de la Frontera no se refleja en el espejo de sus propuestas lúdicas en el centro urbano, más o menos acertadas; en verdad eso no es un espejo, sino un espejismo de lo que somos. Seis mil parados se reparten por toda la ciudad y sus barrios humildes y periféricos, sobreviviendo a situaciones insostenibles.

Y si esto (el desempleo) es algo que afecta a las condiciones de vida de las familias (disculpadme la obviedad) a la moral y dignidad de las personas ataca, directamente, el hecho de que desde el gobierno municipal muchos concejales de PP y AI-Pro (incluyendo al alcalde) se hayan preocupado antes de colocar a familiares y allegados que de repartir el poco trabajo público que hay. Por eso sus actitudes no convencen: porque se les ve ocuparse demasiado de lo suyo antes que atajar los graves problemas de toda una población.

Los arcenses quieren igualdad de oportunidades para conseguir un trabajo, un contrato, por corto que sea. Y sí: les hiere mucho ver cómo entran a trabajar, por la cara, los sobrinos y cuñados de los componentes del equipo de gobierno.

La gente quiere menos circo, y más pan. Y si de esto último hay poco, por lo menos que se reparta con justicia. El tercer mundo no es ese concepto abstracto que se usaba hace años en los telediarios y que hacía referencia a otros continentes lejanos: es el hambre y la miseria que han llamado a nuestras puertas y han venido para quedarse.

Reflexionemos entre todos y procuremos mayor justicia. Desde el Ayuntamiento se debe obrar con mayor transparencia y rigor en las contrataciones. No asumirlo desde ya es un ejercicio doble de cinismo e irresponsabilidad. El malestar que las actuaciones municipales están sembrando en los parados de Arcos traerá, como consecuencia, conflictos sociales que no beneficiarán a nadie.

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