portátil
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[De la serie dividida en folios:

Trastos y personas. Momentos inefables de una relación a partes iguales]

Tengo un bicho en la pantalla del ordenador.

Si el bicho estuviera fuera, podría eliminarlo, soplarle, empujarlo, sacarlo de mi campo visual; sin embargo, el bicho está dentro  del ordenador, concretamente, detrás de la pantalla. O, especificando: justo detrás del cristal del monitor, es decir: que se ve, que estorba, que supone una “i” rebelde en huelga de antenas caídas, una apóstrofe que no ha encontrado idioma, una tilde puñetera. Una pica orgánica en el espejo de mi pupila, un borrón de portaminas de esos que no hay goma que extinga.

Estaba yo contentito con mi portátil. Que olía a nuevo, el trasto. A las pocas semanas, conectado, veo que algo se mueve, negro, diminuto y reptante. Proclamé: otra animación de flash en la página. Mas no: resultó ser un elemento vivo, el susodicho palito oscuro. Cómo se meneaba.

Creí que desaparecería. Eso de que hablan los documentales televisivos sobre el instinto animal de supervivencia es pura falacia. Lo comprendí cuando observé cómo el animalito, en vez de volver al borde del monitor (supongo que entró por algún hueco de la carcasa) se dirigía dando vueltas hacia el centro de la pantalla, donde más duele. Ay, dije entonces.

Intenté ayudarle. Si presionaba por aquí, y por allí, suavemente con la yema de un dedo, lograría asustarlo, al sentir mi presencia, y lo podría ir conduciendo hacia los límites del rectángulo: cientos de veces hemos hecho lo mismo con cucarachas o salamanquesas, a pie de calle.

Se ve que el calor lo tendría atontado, pues se metió debajo de mi índice, justo donde yo hacía presión, y acabé por despachurrarlo. Me quedé de cuajo.

Confié, entonces, en la acción térmica propia de la actividad de la computadora: consideré que, para el físico de tal minúscula muestra biológica, sería inaguantable el calor que desprende el aparato, por lo que no tardaría en desintegrarse.

Cuanto me asombro, ahora, de mi ignorancia. Esa palabra, desintegración, de resonancias peliculeras y espaciales, no afecta en absoluto al mundo real, el de la ‘manteca colorá’ manchando la portada del Marca en los bares a las once de la mañana.

Huelga decir que el insecto no se ha destruido, tras once meses. Como me he acostumbrado a su presencia, cuando voy por la calle, me pinto una rayita negra en la gafa derecha y me pongo a mirar fachadas blancas.

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