Si yo fuera uno de esos padres que tienen que atravesar montañas y ríos, con el frío como equipaje, y el hambre por horizonte.
Si yo fuera uno de esos hombres que deben arrastrar a sus hijos por el barro, descalzos, rapados para no coger bichos en sus cabezas, ateridos, y darles el húmedo fango como cama.
Si yo fuera el que llevara a mis pequeños atravesando países extraños hasta estamparlos contra una alambrada, para masticar pinchos, y los viera llorar, con las miradas nubladas de desconcierto y terror; ¿qué no sería capaz de hacer?
Algunas veces nos asomamos a esta morbosa ventanita y, entre jijis y jajas varios, vanidades, cursiladas y puras sandeces, descubrimos el horror, sin quererlo; porque alguien ha grabado una mínima escena del infierno que muchos están sufriendo a las puertas de Europa. Es la grandeza comunicativa de nuestra época, que nos retroalimenta con nuestras insoportables miserias: con un móvil conectado a Internet, en tiempo real, cualquier persona nos hace saber lo que está pasando en cualquier parte del mundo con toda crudeza y fidelidad. Se nos ofrece un conocimiento inmediato sobre asuntos históricos, algo que hace tan solo algunas décadas se conseguía únicamente tras consultar una voluminosa enciclopedia.
No seamos tan hijos de puta como los nazis, como los estalinistas; no tenemos excusa. Ahora nadie puede decir: “yo no sabía lo que estaba haciendo mi ejército” o “no sabíamos qué se hacía con los judíos en los campos de concentración”. Ahora sabemos (casi) TODO lo que está pasando con los refugiados de Siria.
Cierto es que nosotros no hemos provocado la guerra supuestamente origen de estos desplazamientos; pero, ¿no somos cómplices tambien de la barbarie si no hacemos nada por ayudar a las víctimas?
Este continente, con todas sus grandiosas construcciones, intelectuales y materiales; estos estados, con su progreso técnico y sus cada vez más endebles estructuras de bienestar social; con sus parlamentos, sus champions leagues, sus vaticanos, sus bancos, sus suizas: ¿no es capaz de hacer nada?
Todo carece de sentido ante la constatación de realidades humanas tan vergonzantes, indignas, crueles. Europa es, en estos días, la encarnación más viva del nihilismo negativo: una precaria conjunción de gobiernos disarmónicos incapaces de dotarse de una voluntad ética común y justa que, en primera y última instancia, se imponga el deber moral de salvar las vidas de aquellos que suplican, desde la total desesperanza, nuestro auxilio.
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